Mostrando entradas con la etiqueta edad del hierro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta edad del hierro. Mostrar todas las entradas

6. Migraciones indoeuropeas y colonizaciones fenicias y griegas. Tartessos.

A partir de la primera mitad del primer milenio a.c., se encuentran registros escritos sobre los pobladores de la Península Ibérica, mayormente provenientes de historiadores griegos y romanos. Estos relatos revelan que en ese período ingresaron a la península tanto emigrantes indoeuropeos como comerciantes del Mediterráneo, destacando el florecimiento del reino de Tartessos en las regiones meridionales de la Península Ibérica.

Desde finales del siglo XI hasta aproximadamente el final del siglo VI a.c. grupos de pueblos indoeuropeos ingresaron en la península a través de los Pirineos en busca de nuevas tierras para establecerse. Estos grupos, provenientes del centro de Europa, compartían el mismo sustrato lingüístico indoeuropeo, estableciéndose principalmente en Cataluña y en la Meseta, desde donde se expandieron hacia el norte y el oeste de la península. Estos pueblos tenían conocimiento del uso del hierro, basaban su economía en la agricultura y la ganadería, y algunos practicaban un ritual funerario que implicaba la incineración del cadáver y el depósito de las cenizas en urnas (Campos de Urnas).


El sur de la Península Ibérica, abundante en cobre, plata y oro, y estratégicamente ubicado en la ruta del estaño desde el Atlántico hacia el noroeste peninsular y las Islas Británicas, fue elegido por pueblos provenientes del este del Mediterráneo, como fenicios, griegos, y posteriormente, cartagineses, para establecer asentamientos comerciales. A finales del segundo milenio, los fenicios fundaron sus primeras colonias en el suroeste peninsular, destacando Gadir (Cádiz).



Los griegos llegaron a la Península Ibérica alrededor del siglo VIII a.c., pero las referencias documentadas sobre sus actividades en la península aparecen más tarde, en el siglo VI a.c. Además, fundaron enclaves coloniales notables como Ampurias (Girona) o Mainake (Málaga) durante este periodo. 
Los contactos comerciales entre los colonizadores púnicos (fenicios), griegos y los pueblos indígenas de la Península Ibérica contribuyeron al desarrollo agrícola de estas comunidades. Se difundieron prácticas como el uso del arado, la introducción de nuevos cultivos como la viña y el olivo, y el conocimiento de actividades artesanas como el torno y la metalurgia del hierro. El comercio también impulsó la adopción de la moneda, así como el crecimiento del urbanismo y la escritura en la región.


Los historiadores griegos dejaron registros escritos sobre la existencia de un pueblo en el sur peninsular, conocido como Tartessos. La riqueza de Tartessos se fundamentaba en la explotación de minas de oro, plata y cobre, y posiblemente en el control de la ruta atlántica del estaño. Aunque no se han encontrado restos de ciudades, se han descubierto magníficos tesoros de oro y plata, como el del Carambolo en Sevilla, o el de Aliseda en Cáceres.

5. La Edad de los Metales

Durante el tercer y el segundo milenio a.c., un hito crucial en la historia peninsular fue la implementación de una innovación tecnológica de gran relevancia: la adopción de la metalurgia del cobre en sus inicios, seguida posteriormente por la del bronce. Los comienzos de esta práctica se vinculan con la aparición del megalitismo, caracterizado por tumbas colectivas construidas con imponentes bloques de piedra. Regiones destacadas por la abundancia y magnificencia de sus megalitos son Extremadura y Andalucía. Entre los más renombrados se encuentran los monumentos megalíticos de Menga, Los Millares, Viera, El Romeral o la Pastora.


La implementación de sistemas de riego, la aplicación de abono en los campos y la adopción del arado fortalecieron el papel fundamental de la agricultura en la alimentación humana, facilitando así el proceso de sedentarización. Las comunidades se establecieron en sus áreas de cultivo y erigieron poblados fortificados, como el caso de Los Millares en Almería, cuyo inicio data de alrededor del 2.400 a.c. En estos sitios arqueológicos, junto a herramientas de piedra y hueso, se han descubierto hachas, punzones, puñales y cuchillos de cobre. Además, se observa la presencia de una nueva forma de cerámica en estilo de campana invertida, conocida como vaso campaniforme, que se cree que se extendió por toda Europa y se vincula con el comercio de metales.


Alrededor del 1.700 a.c., se evidencia el cambio de la metalurgia del cobre a la del bronce en la cultura de El Argar en Almería. Esta cultura ocupaba extensas áreas en el sureste peninsular, abarcando las actuales provincias de Murcia y Almería, y extendiéndose hacia Alicante, Granada, Jaén y Albacete. Los poblados exhiben una estructura protourbana, caracterizada por casas rectangulares, junto con una clara jerarquización social que sugiere la presencia de líderes comunitarios. Esto se refleja en las tumbas con ajuares que incluyen armas, indicando una sociedad guerrera, y son considerablemente más opulentas que las de la época del cobre.


En ese mismo periodo, surge la cultura talayótica en las Islas Baleares, destacada por la edificación de murallas ciclópeas y la construcción de megalitos distintivos, como los talayots (torres que flanquean recintos amurallados), las taulas (mesas con función incierta) y las navetas (estructuras en forma de nave invertida con propósitos funerarios).


Al llegar al final del segundo milenio, la Península Ibérica experimentó notables transformaciones. Por el Mediterráneo, fenicios, griegos y cartagineses empezaron a arribar a las costas levantinas, mientras que pueblos indoeuropeos penetraron a través de los Pirineos, estableciéndose en el norte peninsular (Galicia y Asturias), y dando origen a la cultura de los castros. Estos eventos contribuyeron a la difusión de la metalurgia del hierro y la escritura en la región.