8. La conquista romana

La influencia de Roma en la Península Ibérica abarcó desde finales del siglo III a.C., cuando comenzó la conquista, hasta principios del siglo V d.C., cuando la desintegración del Imperio romano propició la llegada y establecimiento de algunos pueblos germánicos en Hispania. A lo largo de este periodo, la Península fue parte integrante de un imperio que se extendía por las tierras circundantes al Mediterráneo.

La subyugación de todos los pueblos indígenas, tanto íberos como celtas, que habitaban la Península Ibérica, se extendió aproximadamente durante doscientos años. La conquista se llevó a cabo en diversas etapas, marcadas por períodos de inactividad bélica.


a) La conquista se llevó a cabo en diversas etapas, marcadas por períodos de inactividad bélica. La llegada de los romanos a la Península ocurrió en el contexto más amplio de las guerras púnicas, es decir, los enfrentamientos entre Roma y Cartago. El general cartaginés Amílcar Barca comprendió que para derrotar a los romanos era necesario organizar un ejército poderoso. La Península, rica en metales y guerreros, y donde Cartago ya tenía colonias desde el siglo VI a.C., le proporcionaba los recursos necesarios. Así, en el 238 a.C., los cartagineses desembarcaron en Gadir (Cádiz) y, en pocos años, lograron dominar a los pueblos del sur y sudeste peninsular. Posteriormente, el general Asdrúbal fundó Cartago Nova (Cartagena), que se convirtió en la capital. Numerosas ciudades pagaban tributos a Cartago y proporcionaban hombres para su ejército. En el 220 a.C., Aníbal fue elegido líder del ejército púnico y concibió la idea de conquistar Roma desde la Península Ibérica, atravesando los Pirineos y los Alpes. En su avance, atacó la ciudad de Sagunto, aliada de Roma, cuyos habitantes fueron casi exterminados.

Como represalia y con el objetivo de bloquear el avance hacia Italia de Aníbal, los romanos enviaron dos ejércitos a la Península, desembarcando en Ampurias en el año 218 a.C. Durante 12 años, libraron batallas contra los cartagineses, y hacia el 202 a.C., el general romano Escipión el Africano logró controlar la costa mediterránea y expulsar a los cartagineses desde la Batalla de Ilipa en el año 206 a.C.


b) El segundo período de la conquista (154-133 a.C.) se caracterizó por las guerras contra los pueblos de la Meseta. Fue una guerra prolongada debido a la resistencia principalmente de lusitanos y celtíberos. En el año 139 a.C., Viriato, el líder principal lusitano, fue asesinado por sus propios oficiales, quienes habían acordado la rendición a Roma a cambio de tierras y privilegios. Además, el asedio y la captura de la ciudad de Numancia en el año 133 a.C., la capital de los celtíberos, permitieron la ocupación y el control sobre el resto de los pueblos de la Meseta. Con gran parte de Hispania pacificada, solo quedaban fuera del dominio romano las tierras del norte.

c) A finales del siglo I a.C. (29-19 a.C.), ya durante el reinado del emperador Augusto, se sometieron a las belicosas tribus de cántabros y astures, marcando así la conclusión de la conquista de la Península.

7. Íberos y celtas

En los primeros tiempos del siglo V a.c., debido a influencias externas recibidas en siglos anteriores, la Península Ibérica se dividía en dos zonas culturales distintas. Los íberos, influenciados por la colonización púnica, se encontraban en la costa este y sur, compartiendo características aunque sin formar una unidad étnica o política. El resto de la península estaba habitada por diversos pueblos celtas, cada uno con diferencias, pero todos con rasgos culturales influenciados por migraciones indoeuropeas.


a) Los pueblos íberos; turdetanos, basetanos, edetanos, laietanos, entre otros, tenían una economía agrícola centrada en cereales, vid y olivo. También cultivaban plantas para textiles como el lino y el esparto. En el sur, se dedicaban intensivamente a la minería y desarrollaban una destacada metalurgia, especialmente en la fabricación de armas como la falcata ibérica. Otras actividades artesanales incluían la cerámica y el tejido. A través del comercio, comenzaron a acuñar su propia moneda, y en algunos casos, se desarrolló la escritura. 

Los íberos vivían en poblados amurallados en áreas fácilmente defendibles, con una organización social basada en la tribu y cierta jerarquización relacionada con el poder económico y militar. El arte íbero, especialmente en escultura y cerámica, reflejaba la influencia oriental de los pueblos colonizadores.


b) Los diversos grupos celtas, como vacceos, lusitanos, carpetanos, celtíberos, entre otros, compartían elementos culturales de origen autóctono, íbero e influencias indoeuropeas. Aquellos que habitaban los llanos de la Meseta practicaban una agricultura limitada centrada en los cereales, mientras que los del Sistema Central e ibérico eran principalmente ganaderos

En el norte de la península, menos conocidos según fuentes romanas, eran descritos como pueblos primitivos. Sus trabajos artesanales, como la cerámica, el tejido o los utensilios de bronce, eran de baja calidad y destinados principalmente al autoconsumo. Los agricultores sedentarios residían en poblados denominados castros, mientras que los ganaderos practicaban cierto nomadismo. Los pueblos celtas tenían una organización tribal, hablaban una lengua indoeuropea y no conocían la escritura.

6. Migraciones indoeuropeas y colonizaciones fenicias y griegas. Tartessos.

A partir de la primera mitad del primer milenio a.c., se encuentran registros escritos sobre los pobladores de la Península Ibérica, mayormente provenientes de historiadores griegos y romanos. Estos relatos revelan que en ese período ingresaron a la península tanto emigrantes indoeuropeos como comerciantes del Mediterráneo, destacando el florecimiento del reino de Tartessos en las regiones meridionales de la Península Ibérica.

Desde finales del siglo XI hasta aproximadamente el final del siglo VI a.c. grupos de pueblos indoeuropeos ingresaron en la península a través de los Pirineos en busca de nuevas tierras para establecerse. Estos grupos, provenientes del centro de Europa, compartían el mismo sustrato lingüístico indoeuropeo, estableciéndose principalmente en Cataluña y en la Meseta, desde donde se expandieron hacia el norte y el oeste de la península. Estos pueblos tenían conocimiento del uso del hierro, basaban su economía en la agricultura y la ganadería, y algunos practicaban un ritual funerario que implicaba la incineración del cadáver y el depósito de las cenizas en urnas (Campos de Urnas).


El sur de la Península Ibérica, abundante en cobre, plata y oro, y estratégicamente ubicado en la ruta del estaño desde el Atlántico hacia el noroeste peninsular y las Islas Británicas, fue elegido por pueblos provenientes del este del Mediterráneo, como fenicios, griegos, y posteriormente, cartagineses, para establecer asentamientos comerciales. A finales del segundo milenio, los fenicios fundaron sus primeras colonias en el suroeste peninsular, destacando Gadir (Cádiz).



Los griegos llegaron a la Península Ibérica alrededor del siglo VIII a.c., pero las referencias documentadas sobre sus actividades en la península aparecen más tarde, en el siglo VI a.c. Además, fundaron enclaves coloniales notables como Ampurias (Girona) o Mainake (Málaga) durante este periodo. 
Los contactos comerciales entre los colonizadores púnicos (fenicios), griegos y los pueblos indígenas de la Península Ibérica contribuyeron al desarrollo agrícola de estas comunidades. Se difundieron prácticas como el uso del arado, la introducción de nuevos cultivos como la viña y el olivo, y el conocimiento de actividades artesanas como el torno y la metalurgia del hierro. El comercio también impulsó la adopción de la moneda, así como el crecimiento del urbanismo y la escritura en la región.


Los historiadores griegos dejaron registros escritos sobre la existencia de un pueblo en el sur peninsular, conocido como Tartessos. La riqueza de Tartessos se fundamentaba en la explotación de minas de oro, plata y cobre, y posiblemente en el control de la ruta atlántica del estaño. Aunque no se han encontrado restos de ciudades, se han descubierto magníficos tesoros de oro y plata, como el del Carambolo en Sevilla, o el de Aliseda en Cáceres.

5. La Edad de los Metales

Durante el tercer y el segundo milenio a.c., un hito crucial en la historia peninsular fue la implementación de una innovación tecnológica de gran relevancia: la adopción de la metalurgia del cobre en sus inicios, seguida posteriormente por la del bronce. Los comienzos de esta práctica se vinculan con la aparición del megalitismo, caracterizado por tumbas colectivas construidas con imponentes bloques de piedra. Regiones destacadas por la abundancia y magnificencia de sus megalitos son Extremadura y Andalucía. Entre los más renombrados se encuentran los monumentos megalíticos de Menga, Los Millares, Viera, El Romeral o la Pastora.


La implementación de sistemas de riego, la aplicación de abono en los campos y la adopción del arado fortalecieron el papel fundamental de la agricultura en la alimentación humana, facilitando así el proceso de sedentarización. Las comunidades se establecieron en sus áreas de cultivo y erigieron poblados fortificados, como el caso de Los Millares en Almería, cuyo inicio data de alrededor del 2.400 a.c. En estos sitios arqueológicos, junto a herramientas de piedra y hueso, se han descubierto hachas, punzones, puñales y cuchillos de cobre. Además, se observa la presencia de una nueva forma de cerámica en estilo de campana invertida, conocida como vaso campaniforme, que se cree que se extendió por toda Europa y se vincula con el comercio de metales.


Alrededor del 1.700 a.c., se evidencia el cambio de la metalurgia del cobre a la del bronce en la cultura de El Argar en Almería. Esta cultura ocupaba extensas áreas en el sureste peninsular, abarcando las actuales provincias de Murcia y Almería, y extendiéndose hacia Alicante, Granada, Jaén y Albacete. Los poblados exhiben una estructura protourbana, caracterizada por casas rectangulares, junto con una clara jerarquización social que sugiere la presencia de líderes comunitarios. Esto se refleja en las tumbas con ajuares que incluyen armas, indicando una sociedad guerrera, y son considerablemente más opulentas que las de la época del cobre.


En ese mismo periodo, surge la cultura talayótica en las Islas Baleares, destacada por la edificación de murallas ciclópeas y la construcción de megalitos distintivos, como los talayots (torres que flanquean recintos amurallados), las taulas (mesas con función incierta) y las navetas (estructuras en forma de nave invertida con propósitos funerarios).


Al llegar al final del segundo milenio, la Península Ibérica experimentó notables transformaciones. Por el Mediterráneo, fenicios, griegos y cartagineses empezaron a arribar a las costas levantinas, mientras que pueblos indoeuropeos penetraron a través de los Pirineos, estableciéndose en el norte peninsular (Galicia y Asturias), y dando origen a la cultura de los castros. Estos eventos contribuyeron a la difusión de la metalurgia del hierro y la escritura en la región.

4. El Neolítico peninsular

Hace alrededor de 7.000 años, surgieron en la Península Ibérica las primeras sociedades neolíticas. En estas comunidades se comenzó a cultivar alimentos (agricultura y ganadería), a fabricar cerámica y a producir los primeros tejidos. La adopción de la agricultura llevó al establecimiento de asentamientos permanentes (poblados) para gestionar el desarrollo de los cultivos.

El surgimiento del Neolítico en la Península Ibérica parece derivar tanto de la influencia de corrientes culturales llegadas a las costas mediterráneas desde Oriente Próximo como de la evolución gradual de las culturas locales en interacción con esas nuevas influencias.


1) Durante la primera etapa del Neolítico, el desarrollo se centró principalmente en la región Mediterránea, destacando la costa valenciana con sitios significativos como la Cueva de la Sarsa y la Cueva de l'Or. Los asentamientos se ubicaban mayormente en cuevas y se caracterizaban por la fabricación de cerámica cardial, elaborada con conchas de molusco (cardium edule). Además, se evidencia la presencia de los primeros utensilios relacionados con la agricultura, como hachas, azadas de piedra pulida y molinos. Hay pruebas de cultivo de trigo, cebada y leguminosas, así como de la domesticación de animales, especialmente ovejas y cabras.


2) Entre el quinto y tercer milenio, tuvo lugar una significativa segunda fase en estas comunidades de pastores y agricultores. Durante este periodo, los asentamientos no se limitaron a zonas montañosas, sino que se expandieron hacia las tierras fértiles y bien regadas de los llanos, donde establecieron poblados estables. Un rasgo distintivo fue la proliferación de sepulturas organizadas por primera vez en necrópolis, ubicadas alrededor de los poblados. Estos sepulcros de fosa, cistas o de corredor albergaba a los difuntos, acompañados de un ajuar funerario. Un ejemplo notable se encuentra en el yacimiento de Bòvila Madurell en Cataluña.


Debido a la necesidad de gestionar una organización del trabajo más diversa y abordar el excedente alimentario, las estructuras sociales experimentaron una mayor complejidad. El descubrimiento de objetos de prestigio en tumbas sugiere una posible jerarquización social, destacando la variscita, una piedra verde utilizada como ornamento. Este mineral señala también la existencia de minería y comercio a distancia considerables, como evidenciado por las minas de Can Tintoré en Gavá, Cataluña, las galerías mineras más antiguas de Europa para la extracción de variscita.

3. El arte rupestre

La Península Ibérica cuenta con numerosas cuevas o abrigos que preservan pinturas y grabados paleolíticos. Aunque se distribuyen en todo el territorio, la mayoría se encuentra en la zona cantábrica, destacando cuevas como El Castillo, El Pindal, Tito Bustillo, Las Monedas, Santimamiñe y especialmente Altamira, reconocida como una de las mejores muestras de arte paleolítico a nivel mundial.
El arte paleolítico es figurativo, destacando representaciones de animales como bisontes, ciervos, caballos y jabalíes, pintados con una técnica naturalista. Las figuras se superponen sin formar escenas, pero exhiben efectos de volumen y movimiento mediante el uso del color y aprovechando los salientes de las rocas. El negro, principalmente para contornos, y una variedad de ocres son los colores predominantes en estas pinturas rupestres.


Las pinturas en la zona levantina, como las encontradas en Cogull (Lleida), Ulldecona (Tarragona), Albarracín (Teruel) y la Valltorta (Castellón), son notables. Tienen una cronología más tardía (Epipaleolitico / Mesolítico, 10.000-5.000 a.c.) y representan escenas narrativas  con abundancia de figuras humanas (caza, danzas rituales, recolección de miel), y todas muestras una marcada estilización y esquematización de las formas.


Las pinturas rupestres han sido vinculadas a creencias mágicas y podrían haber formado parte de rituales propiciatorios de la caza, donde se pintaba al animal deseado. Además, algunas interpretaciones sugieren que las cuevas con estas pinturas podrían haber funcionado como santuarios, con las representaciones distribuidas en un orden relacionado con prácticas rituales o mitos en los que los animales desempeñaban un papel protagonista.

Además de las pinturas en las paredes de las cuevas, se han descubierto esculturas, grabados y pinturas en objetos móviles como piedras, huesos y astas (arte mobiliar). Estas representaciones se encuentran en diversos objetos de uso cotidiano, como bastones y azagayas, así como en plaquetas, mostrando tanto tanto animales como figuras humanas, así como símbolos abstractos en algunos casos.

2. El Paleolítico peninsular

 Los primeros habitantes de la península no cultivaban alimentos y dependían de la caza, pesca y recolección de frutos para sobrevivir. Eran nómadas, desplazándose según la migración de animales o condiciones climáticas adversas. Su organización social era colectiva, viviendo en pequeños grupos sin una clara división del trabajo o jerarquía social.


a) En el Paleolítico Inferior, se han descubierto significativos vestigios, desde cantos golpeados para crear filos hasta bifaces tallados por ambas caras, junto a restos de animales que constituían la dieta de los seres humanos. Los yacimientos notables de Torralba y Ambrona (Soria) destacan por contar con numerosos restos de elefantes, rinocerontes, caballos, ciervos y bueyes, cuyos huesos se han empleado para la fabricación de herramientas. 

b) En el Paleolítico Medio (100.000-35.000), habitado por el Homo neanderthalensis, se han descubierto restos de herramientas (raederas, puntas denticulados, cuchillos) y de animales en cuevas distribuidas por las zonas montañosas de la península. Lugares destacados con importantes vestigios de herramientas incluyen las cuevas de El Castillo (Cantabria), Lezetxiki (País Vasco), Peña Miel (La Rioja) y L'Albreda (Girona). La práctica de rituales funerarios está bien documentada en diversos yacimientos como el Cueva de Morín (Cantabria).


c) En el Paleolítico Superior (35.000-5.000), se encuentran restos humanos muy similares a los del Homo sapiens, con un notable perfeccionamiento y especialización en las industrias líticas. Se destaca el uso de nuevos materiales como el hueso y el asta, así como la aparición del arte rupestre y mobiliar. Entre los numerosos yacimientos de este periodo, sobresalen Las Caldas y Tito Bustillo (Asturias), Parpalló (Valencia) y Urtiaga (Guipúzcoa).

1. Los primeros pobladores


Los hallazgos arqueológicos recientes en la Península Ibérica corroboran la relevancia de este territorio para comprender la antigüedad de los primeros asentamientos europeos, originarios del continente africano. Las excavaciones en la Sierra de Atapuerca, Burgos, revelaron restos humanos de unos 800.000 años de antigüedad. Los arqueólogos identificaron una nueva especie, Homo antecessor (explorador), considerada antepasado del Homo sapiens. Estos hallazgos en Atapuerca son los restos humanos más antiguos de Europa Occidental.

En la Sima de los Huesos de Atapuerca, se identificaron 32 individuos del Homo heidelbergensis con 350.000 años de antigüedad. Estos individuos y sus sucesores, el Homo neanderthalensis, presentaban un aspecto más robusto con cejas prominentes, frente huidiza y grandes mandíbulas, además de una capacidad craneana de 1.500 cm³. Los restos neanderthales en la Península, como el parietal de Bañolas, datan de hace unos 45.000 años. La llegada del Homo sapiens moderno a Europa hace unos 40.000 años resultó en la extinción de los últimos neanderthales, un proceso que ocurrió hace unos 15.000 años.