A partir de la primera mitad del primer milenio a.c., se encuentran registros escritos sobre los pobladores de la Península Ibérica, mayormente provenientes de historiadores griegos y romanos. Estos relatos revelan que en ese período ingresaron a la península tanto emigrantes indoeuropeos como comerciantes del Mediterráneo, destacando el florecimiento del reino de Tartessos en las regiones meridionales de la Península Ibérica.
Desde finales del siglo XI hasta aproximadamente el final del siglo VI a.c. grupos de pueblos indoeuropeos ingresaron en la península a través de los Pirineos en busca de nuevas tierras para establecerse. Estos grupos, provenientes del centro de Europa, compartían el mismo sustrato lingüístico indoeuropeo, estableciéndose principalmente en Cataluña y en la Meseta, desde donde se expandieron hacia el norte y el oeste de la península. Estos pueblos tenían conocimiento del uso del hierro, basaban su economía en la agricultura y la ganadería, y algunos practicaban un ritual funerario que implicaba la incineración del cadáver y el depósito de las cenizas en urnas (Campos de Urnas).
El sur de la Península Ibérica, abundante en cobre, plata y oro, y estratégicamente ubicado en la ruta del estaño desde el Atlántico hacia el noroeste peninsular y las Islas Británicas, fue elegido por pueblos provenientes del este del Mediterráneo, como fenicios, griegos, y posteriormente, cartagineses, para establecer asentamientos comerciales. A finales del segundo milenio, los fenicios fundaron sus primeras colonias en el suroeste peninsular, destacando Gadir (Cádiz).




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